martes, 21 de enero de 2014

La vida pasa. Y lo sé porque la vigilo desde mi ventana. Mi ventana es una ventana bastante normal y moderna. Los dueños del piso la habrán cambiado hace poco. Aísla muy bien aunque deja pasar el sol todos los días, incluso cuando está nublado.

La calle que veo desde aquí es una avenida bastante grande: tiene siete carriles y pasan incesantemente coches, autobuses, furgonetas. Pero aquí dentro muchas veces no me entero de nada. Dos carriles son la salida de un túnel subterráneo. Hasta por el día las luces de la salida están encendidas. Por la noche está esto muy tranquilo, es raro ver más de dos coches seguidos. Y más raro aún ver un alma por aquí. Hay un paso de peatones en el que muchas personas paran y los coches se agolpan. Suele haber más gente al medio día: niños con sus mochilas, adolescentes que salen del instituto, trabajadores bien trajeados, ancianos que viven en la zona...  Pienso yo que ya tendría que conocer a los transeúntes de esta calle, pero no es así. Será que no me fijo todo lo que podría fijarme. Aunque esa posibilidad me ha sonado a muy de psicópata. De todos modos es raro que mire alguien hacía aquí (y justo acabo de sospechar de una conductora...). Algunos pasean más lentos, otros corren. Hay quién va en compañía y hay quién prefiere sentirse solo. Hay otros más arriesgados que cruzan aún cuando los coches se encuentran en medio del paso. Me hace mucha gracia ver a los vehículos pararse con el semáforo en rojo y que no haya nadie a quién ceder el paso. Sí. Sé que hay que respetar las señales de tráfico, pero visto desde aquí parece un sin sentido. La gente va bastante abrigada, eso quiere decir que hoy hace frío, pero me arriesgaría a decir que no es el día que más lo hace. Acabo de darme cuenta que mi mano derecha se ha congelado.

En la acera de enfrente una mujer acaba de entrar en el portal número 19 con una bolsa llena de naranjas, parece que las ha comprado en la frutería de la zona. En el número 19 vive un señor mayor que cuando no está viendo la tele está al lado de la ventana, mirando hacia afuera, como yo, o haciendo algo en su mesa. Por la noche se aprecia mucho mejor, me imagino que ese señor también me habrá visto en algún momento. A veces recibe visitas, está mucho en esa habitación.

Ahora acaba de entrar una chica con un gorro en el número 21, también al otro lado de la avenida y la puerta se ha cerrado tras de sí lentamente. Al igual, llevaba una bolsa con alguna fruta o verdura, no lo he podido apreciar porque la bolsa era amarilla y bastante opaca.

Ahora veo a mi compañero de piso, por fin alguien que conozco. Seguramente venga hacia aquí. Los árboles de enfrente son caducos; y ya que estamos en invierno se puede apreciar todo su esqueleto. Son tres; uno pequeño y los otros más altos. He acertado, ha llegado.

Ahora el sol me da en la cara. Desde aquí también veo mucho cielo y las palomas posarse en el tejado. Puedo saber si hoy está nublado, despejado, gris o cuántos aviones vuelan. Por suerte el edificio de enfrente sólo tiene tres plantas y el día no se hace tan corto.

Ahora tres ancianos conversan de algo, parecen concentrados. Y mientras yo me he desconcentrado les he perdido de vista.

Ahora ha pasado un autobús urbano sin número. Una hija corre a darle un abrazo a su madre.

Y ahora un ciclista.

Y ahora las nubes han invadido el cielo.

Y la vida continúa, aunque no haya aparentemente mucho de especial o emocionante.
Lo más curioso es que ni me ha dado tiempo a plasmar todo lo que ha estado ocurriendo mientras escribía.
Pensaba que ya no tenía nada que decir y fíjate cuánto se puede contar.