sábado, 29 de enero de 2011

Sin título, a día de hoy

Mientras esperábamos a que nos abrieran las puertas al recinto pensaba en lo que vendría a continuación: dos largas horas de suspiros y calmadas palabras de auxilio.
Un pasillo largo y estrecho me regala tiempo para digerir el aire de la zona... hasta llegar al lugar de la espera, dónde ese tiempo regalado se conviertiría en el vicio de malgastarlo.

Entraba la luz de una tarde cayendo, no haría falta aún encender la luz eléctrica. Reflejada en las baldosas del suelo podía describir aquel espacio como grande y vacío. Vacío más que grande, pues las filas de almas casi no se intercalaban con sillas deshabitadas. Sus cuerpos yacían casi inertes, posados y amortiguados.
En sus rostros se podían percibir gran variedad de sensaciones y actitudes. Muchas son parecidas. Podía decirse arriesgadamente que había dos grupos fundamentales: los que aceptaban rendidos ante la intemperie con mejor o peor humor y lo que ni siquiera sabían que debían aceptar, ni de que se trataba aquella intemperie...

Unos miraban con ojos profundos, escondidos, apagados...con dificultad de mirar en sí lo que hace imposible una mirada. Ojos sin mirada. Ni siquiera ojos, línea fugaz y desvanecida.
Otros no miran, descansan.
El suelo puede ser más interesante a veces que la misma vida. Ellos no quieren enseñarte eso. Ellos creen que ya no tienen nada que enseñar. Ni quieren que así lo entiendas.
Y me pregunto, ¿que es lo que quieren?
Nada incluso es demasiado.

A veces oía gritos. Desconozco su origen. Me cuesta creer que los gritos desesperados existan. O que por lo menos pertenezcan a la vida cotidiana, incluso a nuestro propio destino.
¿Sería un grito de dolor?, ¿de lujuria?, ¿de rabia?
o... ¿por qué no de amor? ¿de alegría? difícil de creer...

Más de un instante mi mente huía por la ventana hasta regresar a casa. Sabía que no era momento para que ocurriera eso, así que hacía bien en intentar evitarlo. Al final sólo fue minuto y medio reuniendo todas las huidas.

Intenté descifrar las palabras que, tras derroche de autonomía (totalmente agotada), las dejaban escapar. Me hablaban. Costaba entender. No habría derecho utilizar esa dificultad como excusa para desconectar y perderme lo que tristemente sucedía. Las paredes parecían moverse, queriendo que todos acabaran en el suelo y sin fuerzas.

Sinceramente tampoco creo que aquello sea algo infrahumano, normalmente los humanos somos los que convertimos las lugares en inhabitables.
Ellos creen que culpando a unos pocos la justicia se hará escuchar. La pena es que cada cual entiende la justicia como quiere o como injustamente su organismo evolutivo le ha ofrecido en ese instante.

Pues entonces añadí lo siguiente:
"Ánimo"
Quien quiso me pudo escuchar.

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