Ni basuras, ni noches, ni el sol quema.
No vale nada, y tienes sangre derramada,
en tu piel inerte y fría, desechos de fiebre.
Si es que la fiebre deshereda siglos de penas, llantos de sirenas,
y ni una muchacha quiso consolarse.
Y ahora rápido, siempre, es rápida la soledad, quiero ganarla.
Y allá a dónde va, persigue despiadada su presa.
No es precisamente de soledad de lo que quería hablar, palomas blancas y mensajeras.
Una noticia traen, callan y otorgan. Que no se hable más.
Las ramas sufren pues este invierno las dejaron vacías, dónde el vacío había recobrado sentido y ahora muere entre tus brazos.
Y la fuerza amarrada a la cama, con cinturones y lazos, ahí queda. Se desahoga en plena inactividad, ya no existe fuerza: sólo es una respiración que no se puede aguantar. No te diré nada y te lo habré dicho todo. Así que ahora es el momento de ordenar nuestras palabras, de las risas negras, de lo que me importa, de que te vayas pero vuelve.
Del sí pero no, del tú no eres yo, del déjame.
Y que me rompas por dentro como si fuera una muñeca de porcelana.
Con mucha fuerza.
Atroz...
ResponderEliminarFrias sensaciones recorren el cuerpo
ayudar a destruirte?
almas frias ,solo podrian, sin remordimientos
que entramado de oscuras sendas
de aquel que pretende seguirte
o no perderte de vista tal vez?
Soledad...
Entre dos muros
Me gusta tu juego
A aquel raton que le gustan los gatos